Volver al ocio: manifiesto contra la cárcel del pensamiento

Autor: John James Gómez

Basta pasar pocos segundos enfrentados a la ausencia de otra persona que demande nuestra atención, o sin tener que cumplir alguna tarea específica de la escuela o el trabajo, para que nos sintamos inquietos, enfrentados al aturdidor silencio de la soledad y, entonces, urgidos, echemos mano de alguno de los “quitapenas” por excelencia de nuestro tiempo: el teléfono celular, la tablet o la computadora.

Es probable que en el pasado jamás se hayan inventado artificios con posibilidades tan paradójicas. Se trata de herramientas sumamente útiles; ventanas infinitas al mundo de la información y puertas ubicuas para ir al encuentro con otros sin los límites físicos del tiempo y el espacio, pero, al mismo tiempo, cárceles para el pensamiento cuando, ante el terror causado por la angustia propia de existir, se usan como vendas en los ojos, entregándose a un entretenimiento que consiste en scrollear y saltar de una ventana a otra a través de las redes sociales sin brújula alguna. Por tal motivo, tal vez haríamos bien en no confundir nuestro deseo de huir de la angustia con practicar el ocio. Cuando recurrimos a los “quitapenas”, término acuñado por Freud, usualmente lo hacemos tratando de huir de nuestra angustia; sin embargo, intentamos lo imposible, pues no podemos huir de nosotros mismos. El ocio se trata de otra cosa.

Para la Antigüedad Clásica, el ocio era el estado más elevado de la existencia. Los griegos lo llamaban skholē (raíz de “escuela”) y constituía un tiempo liberado de las urgencias de la supervivencia para dedicarse al cultivo del espíritu. Los romanos buscaban el otium como un refugio necesario de reflexión frente al ruido del negotium (el no-ocio o negocio). Hoy, como advierte Byung-Chul Han, hemos erradicado esa “vida contemplativa” para ahogarnos en una hiperconectividad que satura el pensamiento.

La pantalla nos ofrece un exceso de positividad y estímulo que elimina la negatividad del silencio, condenándonos a una autoexplotación disfrazada de entretenimiento. Nos convertimos en el producto devorado por un sistema que nos hipnotiza.

Buscamos en cada rincón del ciberespacio algo que, según sentimos, nos hace falta. Ignoramos, así, aquello que advertía el psicoanalista Jacques Lacan: la angustia no aparece porque nos falte algo, sino precisamente cuando “falta la falta”; es decir, cuando ya no hay espacio para el vacío. El flujo incesante de las redes sociales funciona como un tapón que intenta llenar esa carencia que nos hace humanos. Al saturarnos de estímulos, sucumbe nuestra capacidad de desear, pues, sin un poco de vacío, el deseo, simplemente, no puede existir y abunda, entonces, el taedium vitae; hastío de la vida en el cual no pocos naufragan en nuestros días.

*Docente Universidad Católica de Pereira.

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