
¿RÉQUIEM POR LAS UNIVERSIDADES?
Autor: Eduardo Salazar Hoyos
- febrero 20, 2026
La misa de réquiem por las universidades tendrá que esperar. Contra los discursos que anuncian su obsolescencia, las Instituciones de Educación Superior (IES) están hoy más vivas que nunca. Su relevancia no se mide únicamente por lo que hacen, sino —sobre todo— por lo que logran formar en las personas.
Uno de esos logros es el desarrollo del pensamiento crítico, una capacidad frecuentemente confundida con la simple opinión. Opinar es válido; pensar críticamente es otra cosa. Implica analizar información de manera sistemática, contrastar argumentos, reconocer sesgos y tomar decisiones fundamentadas. En tiempos de sobreinformación y respuestas rápidas, esta competencia se vuelve no solo escasa, sino indispensable.
La educación universitaria es, además, un proceso social y relacional insustituible. Las universidades permiten el debate intelectual, el contraste de ideas y el desacuerdo informado. Son espacios de encuentro humano, no meras interfaces digitales. La historia lo demuestra: las grandes ideas no surgen del aislamiento, sino del diálogo.
Estudiar también significa ampliar el mundo. La educación capacita para ir más allá del entorno inmediato y moverse con naturalidad en contextos desconocidos. Como señala el filósofo Gregorio Luri, educarse es aprender a llegar cada vez más lejos. No se trata solo de acumular información, sino de desarrollar criterio para habitar la complejidad.
Las universidades cumplen, además, un papel clave frente a la inteligencia artificial: dotarla de sentido humano. Enseñan que la tecnología no es neutra, que puede servir para construir o para destruir. Como un cincel, la inteligencia artificial puede esculpir o dañar, dependiendo de la intención, la ética y el criterio con que se utilice.
Quienes enseñamos en las IES debemos tener claridad sobre el porqué de nuestra labor y argumentos para defenderla. No es raro escuchar —incluso en discursos políticos— que la educación universitaria ya no es necesaria. Curiosamente, quienes sostienen estas afirmaciones suelen procurar que sus propios hijos continúen formándose en universidades reconocidas.
Las universidades no son Jurassic Park. Están en transformación: ajustan tiempos presenciales, rediseñan programas, revisan contenidos y formatos. Pero hay algo que no cambia: la certeza de que una conversación profunda entre estudiante y profesor no puede ser reemplazada por un curso autogestionado.
Es cierto que hoy un título universitario ya no garantiza diferenciación automática. Es una ventaja comparativa, no competitiva. Tener un título habilita; lo que distingue son las habilidades, la adaptabilidad y la actualización permanente. La pregunta ya no es “¿estudió?”, sino “¿qué sabe hacer con lo que estudió?”.
Las universidades no ofrecen aprendizajes fragmentados, sino trayectorias formativas. En medio de la transformación tecnológica, seguimos necesitando —quizás más que nunca— una profunda transformación humana. Por eso, el réquiem tendrá que esperar.

