¿Para qué nos educamos?, ¿para qué nos educan?

Autor: Róbinson Mira Sànchez

Después de un terremoto, ¿qué significa realmente estar educado, formado, titulado, cuando la incertidumbre nos desborda?

Una educación que se considere innovadora debería, como mínimo, preparar al ser humano para comprender situaciones reales, tomar decisiones responsables, afrontar la incertidumbre y actuar solidariamente; no solo limitarse a incorporar tecnologías emergentes.

Teórica y algunas veces de manera práctica nos enseñan qué son las placas tectónicas, presentamos exámenes, realizamos simulacros, pero ¿sabemos qué hacer cuando efectivamente tiembla? Seguramente sí, pero no todos actuamos de la misma manera.

¿Es la educación superior solo transmisión de contenidos y saberes específicos, según la disciplina que elija el estudiante?

Ulrich Beck llamó nuestra atención sobre una sociedad cada vez más obligada a convivir con riesgos e incertidumbres que debemos aprender a anticipar, interpretar y gestionar.

El movimiento de la tierra no pregunta por nuestra condición social. Sus consecuencias, sin embargo, no se distribuyen de manera igual: dependen de la vivienda que habitamos, el territorio en que vivimos, la infraestructura disponible, la información a la que accedemos y la capacidad institucional para responder ante los desastres.

¿Qué significa obtener una excelente calificación sobre terremotos si, ante uno real, no sabemos interpretar la situación y actuar adecuadamente?

John Dewey recordaba que la educación cobra sentido cuando se conecta con la

experiencia, los problemas reales y la vida en comunidad.

Acumular información sirve de poco si no desarrollamos la capacidad de interpretarla, convertirla en decisiones y actuar responsablemente cuando la realidad nos exige hacerlo.

Podemos tener inteligencia artificial, plataformas, simuladores y aulas digitales y, aun así, sostener procesos educativos que no preparen suficientemente a nuestros estudiantes para interpretar una situación real, tomar decisiones y actuar solidariamente.

Innovar en educación no consiste solamente en incorporar tecnología; consiste en ampliar nuestra capacidad para comprender la realidad y transformarla.

Si ocurre otro terremoto, que es lo más probable, según la sismología, nuevamente nos pondrá a prueba, sobre lo que hemos aprendido.

¿Cuánto de lo que enseñamos permitirá a nuestros estudiantes tomar mejores decisiones, cuidar a otros y afrontar la incertidumbre?

Sin embargo, en medio de la incertidumbre también aparece una lección esperanzadora: ciudadanos que socorren, levantan escombros, buscan personas, ofrecen ayuda y protección al desconocido.

Allí también hay educación, ciudadanía y humanidad. Educar también es aprender a cuidar la vida. Esta es una lección que ningún currículo debe olvidar o pasar por alto.

*Docente Universidad Católica de Pereira

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