Humanizar: En la era digital actual

Autor: César Alberto Aristizábal

En la era digital, hemos normalizado un intercambio peligroso: nuestra libertad por conveniencia tecnológica. En cada clic sobre aceptar, no solo transferimos datos: cedemos derechos políticos. El “capitalismo de vigilancia”, denominado por Shoshana Zuboff, transforma nuestra experiencia humana en recursos gratuitos que las corporaciones procesan para predecir y modificar nuestro comportamiento futuro.

Lo alarmante no es la vigilancia en sí, sino nuestra participación entusiasta. No necesitamos ser obligados a compartir información; lo hacemos impulsados por el deseo de reconocimiento y pertenencia. Confundimos visibilidad con libertad mientras alimentamos algoritmos que moldean nuestros pensamientos.

El espacio democrático se ha transformado: antes, un ágora deliberativa; ahora, pantallas donde la participación se mide en clics, no en argumentos. Esta manipulación algorítmica tiene consecuencias: la política pierde su dimensión conflictiva para convertirse en tendencia efímera. No debatimos; reaccionamos. Nuestra capacidad de actuar colectivamente se debilita mientras confundimos libertad con elegir entre opciones prediseñadas.

En esta infocracia, emerge un ciudadano fragmentado, reactivo, moldeado por la urgencia de lo viral. El exceso de información sustituye la reflexión crítica, y el imperativo de transparencia borra la interioridad. Delegamos el razonamiento a las máquinas.

La respuesta no es la desconexión, convendría la reapropiación ética de nuestra presencia digital; defender la privacidad como ejercicio político, comprendiendo la ambigüedad de cada clic. Necesitamos distinguir entre información y conocimiento, entre conexión superficial y comunidad significativa.

Los jóvenes, en tanto constructores del futuro democrático, albergan responsabilidades en esta batalla. Cada publicación en redes, aplicación instalada, perfil creado, conllevan decisiones con implicaciones sociales. Su huella digital afecta oportunidades laborales futuras, determina su capacidad para participar autónomamente en la esfera pública. El campus universitario, espacio de pensamiento crítico y experimentación libre, debe extender estos valores al ámbito digital mediante prácticas conscientes de protección de datos.

El gesto verdaderamente humano es interrumpir el consentimiento automático: tomarse el tiempo para pensar, cuestionar los términos y condiciones aceptados, y proteger nuestra capacidad de ser impredecibles. Para los estudiantes, implica cuestionar las plataformas, evaluar críticamente qué información comparten y desarrollar habilidades de alfabetización digital, trascendiendo el mero uso de herramientas.

Damos nuestra información a cambio de servicios gratuitos, sin comprender el verdadero costo social. Si queremos preservar la democracia en la era digital, debemos recuperar la soberanía sobre nuestros datos y sobre nuestra capacidad de pensar. La comunidad universitaria puede liderar este cambio, exigiendo transparencia a las plataformas tecnológicas y desarrollando alternativas éticas de comunicación digital. Solo así podremos habitar el espacio común como ciudadanos. Quizás la verdadera libertad no consista en compartirlo todo, sino en decidir conscientemente qué mantener fuera del alcance algorítmico, una lección crucial para quienes se forman hoy como profesionales y ciudadanos del mañana.

*Docente Universidad Católica de Pereira

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