Energía, conocimiento y competitividad: una agenda para Risaralda en 2026

Autor: Jorge Enrique Herrera Arroyave

En el escenario global, la energía y el cambio climático ya no son debates reservados a especialistas. Se han convertido en factores decisivos para determinar qué regiones avanzan y cuáles pierden dinamismo económico. Para Risaralda, el año 2026 marca el inicio de nuevas responsabilidades que deben asumir los nuevos dirigentes con visión estratégica.

La gestión ambiental no puede entenderse como cumplimiento normativo o como respuesta a presiones internacionales. Debe convertirse en un instrumento de competitividad regional. Las economías que logran reducir su dependencia energética, mejorar su eficiencia y diversificar sus fuentes de generación, fortalecen su productividad y tienen mayor estabilidad frente a crisis externas. Esto repercute directamente en el empleo, en la inversión y en la capacidad de crecimiento sostenible.

La soberanía energética es un componente esencial de esa competitividad. No se trata solo de producir energía limpia, sino de desarrollar capacidades propias para diseñar y adaptar tecnologías a las condiciones locales. Continuar dependiendo de soluciones importadas implica asumir costos elevados y limitar el aprendizaje tecnológico del territorio. En cambio, cuando una región apuesta por la innovación propia construye autonomía, reduce vulnerabilidades y fortalece su tejido productivo.

En este punto, la articulación entre gobierno, sector empresarial y universidades adquiere un papel central. Las universidades no deben concebirse únicamente como espacios de formación académica, sino como motores de desarrollo tecnológico y social. En ellas se gestan investigaciones, prototipos y soluciones que pueden transformarse en emprendimientos, patentes y nuevas cadenas productivas. Una alianza sólida permite que el conocimiento generado en sus laboratorios se traduzca en beneficios concretos para la industria y la comunidad.

Invertir en talento humano calificado es una decisión estratégica. La competitividad de Risaralda dependerá de su capacidad para formar profesionales capaces de crear, innovar y liderar procesos de transformación energética. Cuando el conocimiento permanece en el territorio, se generan empleos de mayor calidad, se fortalecen los ingresos familiares y se amplían las oportunidades para las nuevas generaciones.

Sin embargo, esta transición debe tener un sentido humano. La sostenibilidad no puede ser un discurso distante de la realidad cotidiana. Una matriz energética más

eficiente y diversificada puede contribuir a estabilizar costos, mejorar la calidad del aire y proteger la salud pública. El beneficio de la transición energética debe sentirse en la vida diaria del ciudadano de a pie, del campesino y del empresario.

Los nuevos liderazgos políticos deben orientar el desarrollo regional hacia una infraestructura basada en el conocimiento. La verdadera transformación radica en consolidar capacidades científicas, tecnológicas y humanas que permitan a Risaralda competir con solidez. La unión entre ciencia, política y compromiso social será la base de una prosperidad sostenible y compartida.

*Docente Universidad Católica de Pereira

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