Educar para una cultura del encuentro genuino desde la presencia real

Autor: Ana Sofia Gaviria Cano

El desafío educativo del siglo XXI desde los diferentes escenarios y niveles de formación no consiste solo en apoyar y acompañar a las personas para que sean competentes digitalmente sino también en generar estrategias y mecanismos para que quienes pasan por un proceso educativo logren ser seres humanos capaces de cuidar sus vínculos con los otros.

En un mundo en el que cada vez prima la automatización, es necesario trabajar desde casa e instituciones educativas en el desarrollo de habilidades asociadas con la inteligencia relacional, caracterizadas por saber escuchar, esperar, mirar a los ojos, tolerar el silencio y la frustración, acudir al diálogo para resolver las diferencias e interesarse por compartir y saber del otro.

La tecnología no compite solo por nuestro tiempo; también lo hace por nuestra atención, al producir novedad y gratificación a nuestro cerebro. Por ello, cuando esta se convierte en el centro de la vida cotidiana, puede debilitar los vínculos que son esenciales para el desarrollo humano, ya que nos permiten comprender el mundo, desarrollar habilidades, prevenir enfermedades y protegernos de diferentes riesgos.

Desde la educación, el desafío no es eliminar la tecnología, sino evitar que sustituya aquello que solo el ser humano puede ofrecer: presencia, reconocimiento, afecto y sentido de pertenencia.

En la relación docente-estudiante, se fortalece el vínculo cuando hay aceptación, se genera confianza en el aula, se conocen los intereses, se favorece el diálogo, la reflexión, el trabajo colaborativo y se usa la tecnología como medio y no como protagonista. Un estudiante necesita un docente que inspire y no solo una plataforma sofisticada que automatice su aprendizaje.

En la relación padres e hijos es necesario una presencia compartida, en la que prime el estar y no solo el hacer, que se compartan momentos y no solo objetos, validar emociones y mostrar con el ejemplo un uso equilibrado de la tecnología. Un hijo necesita una mirada que lo reconozca más que una pantalla que lo entretenga.

Construir una cultura del encuentro implica poner en una balanza las prioridades y fomentar aquello que nos hace humanos: las relaciones concientes, significativas y autenticas. Por tanto, es necesario actuar con responsabilidad en el uso de la tecnología sin empobrecer o anular nuestros vínculos sociales y afectivos.

*Universidad Católica de Pereira

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