
Padres y madres de una ausencia presente
Autor: María Claudia Martínez Arboleda
- agosto 7, 2026
En varias ocasiones, especialmente en la celebración del día del padre o de la madre, las redes sociales se colman de fotografías familiares, el comercio exalta la maternidad y la paternidad, y la sociedad parece detenerse, por un momento, para reconocer el valor de quienes ejercen estas funciones. Sin embargo, en medio de estas conmemoraciones, existe un grupo de personas cuya experiencia suele permanecer en silencio: aquellas que fueron madres y padres de hijos que no lograron llegar a término o cuya vida fue demasiado breve para ser reconocida socialmente.
La pérdida gestacional y perinatal continúa siendo uno de los duelos más invisibilizados de nuestra cultura. A menudo, quienes atraviesan estas experiencias escuchan frases que, aunque bien intencionadas, minimizan el dolor: “ya vendrá otro bebé”, “todavía no lo conocían” o “es mejor que haya pasado ahora”. Detrás de estas expresiones subyace una idea profundamente arraigada: que la maternidad y la paternidad comienzan únicamente cuando existe un hijo vivo y visible ante los demás.
Sin embargo, desde una perspectiva psicológica y humana, ser madre o padre no depende exclusivamente de la presencia física de un hijo. La función materna y paterna comienza mucho antes del nacimiento. Surge en el deseo, en la espera, en la construcción de sueños, en los proyectos imaginados y en el vínculo afectivo que se teje desde los primeros momentos de la gestación. Cuando ocurre una pérdida, no solo desaparece una vida esperada; también se fracturan narrativas familiares, expectativas y futuros posibles.
Quizás por ello resulta necesario cuestionar una mirada social que legitima los roles parentales únicamente a partir de la supervivencia biológica. Existen madres y padres cuyos hijos nunca caminaron a su lado, nunca pronunciaron una palabra o nunca celebraron un cumpleaños. Y, aun así, continúan siendo madres y padres. Su identidad parental no desaparece con la muerte, porque el vínculo afectivo trasciende la existencia física.
Reconocer esta realidad implica también asumir una responsabilidad colectiva frente al duelo. No se trata únicamente de acompañar el sufrimiento individual, sino de generar espacios simbólicos donde estas historias puedan ser nombradas y recordadas. Los rituales, las conversaciones familiares, los aniversarios y las formas personales de mantener viva la memoria cumplen una función esencial en la elaboración de la pérdida.
Tal vez como sociedad necesitamos aprender que el amor no siempre se mide por el tiempo compartido. Algunas vidas fueron breves, incluso imperceptibles para muchos, pero dejaron huellas profundas en quienes las esperaron; continúan ocupando un lugar legítimo en la historia de los padres, las madres y sus familias.

