Un cristiano es un buen ciudadano

Autor: Ángela Patricia Cadavid Vélez

La proximidad de los procesos electorales suele despertar un fenómeno ambivalente en nuestra sociedad: por un lado, el fervor de la militancia y, por otro, el escepticismo de quienes consideran que la fe y la política transitan por sendas irreconciliables. Sin embargo, desde una reflexión antropológica y teológica profunda, es preciso afirmar que la dimensión política no es un accesorio opcional para el creyente, sino una extensión natural de su compromiso con el bien común. En esencia, un cristiano es, por definición, un buen ciudadano.

Históricamente, se ha malinterpretado la separación entre Iglesia y Estado como un divorcio entre la fe y la vida pública. No obstante, el ejercicio de la ciudadanía es el escenario donde los valores éticos se transforman en estructuras sociales. La política, entendida en su sentido más noble como la búsqueda de la justicia y la organización de la convivencia, requiere de ciudadanos presentes, críticos y propositivos. En este contexto, el voto no es simplemente un acto administrativo o un trámite burocrático; es la manifestación concreta de nuestra responsabilidad hacia el prójimo.

La dimensión política del ser humano nos convoca a trascender el individualismo. Al votar, no solo elegimos un nombre, sino que validamos la importancia de participar en la construcción del destino colectivo. Independientemente de la preferencia partidista o de la figura por la cual se decida depositar la confianza, lo fundamental es el ejercicio consciente del derecho. La abstención, con frecuencia, no es una postura de neutralidad, sino una omisión que delega en otros la responsabilidad de diseñar el mundo que habitamos.

Desde el rigor académico de las humanidades y la teología, comprendemos que el Reino de Dios no se edifica al margen de la historia, sino dentro de ella. Por tanto,

el cristiano debe habitar la ciudad —la polis— con una mirada atenta a las realidades sociales. Ser un buen ciudadano implica informarse, contrastar propuestas y, sobre todo, reconocer que nuestra participación es un mecanismo de cuidado hacia los más vulnerables.

En conclusión, la invitación para estas próximas elecciones es a resignificar el sufragio como un acto de coherencia vital. No se trata solo de cumplir con un deber civil, sino de honrar nuestra vocación de servicio. Que nuestro paso por las urnas sea el reflejo de una fe que no se encierra en el templo, sino que sale al encuentro de la realidad nacional para transformarla. Porque, en última instancia, el compromiso con el cielo se demuestra cuidando la tierra que compartimos.

*Docente Universidad Católica de Pereira

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