¿El fin de la democracia?

Autor: Luis Adolfo Martínez Herrera

Debatir en redes sociales se ha convertido en un acto casi suicida. La polarización política atraviesa las múltiples esferas de la vida cotidiana, defender una idea -sin importar su origen, filiación o principio- constituye una práctica que se profesa en silencio, exponer los ideales políticos puede perfilar una práctica que amenaza la estabilidad familiar, laboral o social. En este contexto, las posturas más extremas se toman los gobiernos en el mundo, y de esta manera, las posturas más verticales y autoritarias, imponen con crudeza las facetas más oscuras de la democracia.

¿Acaso estamos viviendo el fin de la democracia?, transcurridas décadas de prácticas corruptas como la compra de votos, el amiguismo en la política, la politización de la justicia, la corrupción a gran escala -llamada por Jorge Garay como Captura del Estado o en su caso extremo reconfiguración Cooptada del Estado-, el clientelismo en la esfera pública, entre otras, acompañadas de una precaria formación ciudadana, un continuo deterioro de la legitimidad institucional, un reemplazo de lo real por modelaciones de la Inteligencia Artificial y una mediación violenta como mecanismo válido para la resolución de nuestros conflictos, están generando un profundo desencanto en la democracia y sus instituciones arcaicas.

Y es precisamente en contextos de agotamiento del clásico modelo de democracia donde afloran los discursos de odio, los llamados a la xenofobia y la exclusión social, las posturas que prometen soluciones a corto plazo mediadas por el uso excesivo de la fuerza (como si la solución a históricos conflictos radicara en los gritos vehementes que encuentran en la disolución o limitación de los derechos las fortalezas requeridas).

Tal complejo escenario nos invita a pensar en los límites y agotamientos de nuestra democracia occidental, reconocer cuándo se ha instrumentalizado para justificar las más atroces violencias (basta recordar la continua lista de guerras desarrolladas en nombre de la democracia), identificar sus impertinencias cuando se quiere imponer sin importar las particularidades culturales, históricas o territoriales.

Como sociedad su agotamiento no nos debe paralizar, todo lo contrario; reconocer su crisis debe incentivar la deliberación política, sus facetas que desdibujan su naturaleza un llamado para reinventar sus instituciones a escala local y regional -verdadero nodo de deliberación y acción política-. Reinventarnos en sus cenizas puede brindarnos la claridad para interpretar y cambiar nuestras complejas realidades, en lugar de deformar la imagen de lo real a partir de promesas vacías. La cabeza enmarada de medusa no nos debe petrificar con odios inculcados en históricas disputas, la singularidad de lo humano debe aflorar como pilar para la creación colectiva.

*Docente Universidad Católica de Pereira

Scroll to Top

Pagos en línea

Si tienes alguna duda o requieres de ayuda adicional por favor contacta con Gestión Financiera a través del PBX. 312 4000 EXT 1016 – 1007