El reto de las audiencias digitales

Autor: Johanna García Ruiz

A comienzos de los años 2000 se hablaba con entusiasmo, y a veces con temor, de la democratización de los medios. El debate giraba en torno a la centralización de la información en unos pocos conglomerados con agendas políticas marcadas, mientras la ciudadanía observaba desde afuera. Tener voz era un privilegio reservado para quienes lograban atravesar los filtros de la radio, la televisión o la prensa. La masificación de la audiencia era el principal indicador de relevancia y, por ende, de poder.

La irrupción tecnológica, especialmente con la expansión de internet y las redes sociales, transformó esa arquitectura de manera radical. De repente, cualquier ciudadano pudo convertirse en emisor promoviendo la participación ciudadana a través de medios alternativos; bastó con tener un dispositivo y conexión a internet.

Esta apertura fue celebrada como un triunfo democrático. Y en cierta medida lo fue: permitió que voces históricamente excluidas encontraran un canal legítimo para expresarse y eso es maravilloso. Sin embargo, lo que inicialmente fue una conquista ciudadana pronto se ha transformado en un terreno inestable. Como advierte Henry Jenkins, uno de los principales teóricos de la convergencia digital, vivimos en un entorno donde la participación es amplia, pero no necesariamente crítica; donde puede circular más información, pero no siempre mejor información.

De esta manera, la investigación, el contexto y el análisis se diluyen entre publicidad y publicaciones efímeras que capturan nuestra atención en cortos contenidos que aparecen en un bucle infinito. En este escenario fragmentado, donde cada persona construye su propia agenda algorítmica y donde la credibilidad se confunde con popularidad, resulta fundamental resaltar que la profesión de periodista está más vigente que nunca. En medio de la estridencia digital, la saturación informativa y la ausencia de filtros, el periodismo, riguroso, crítico y responsable, cobra hoy más relevancia que en cualquier otro momento de la historia.

Pero en este escenario no solo los creadores de contenido tienen responsabilidad: también la tienen las audiencias. En un ecosistema guiado por algoritmos, nuestras elecciones moldean la calidad de la información que recibimos. Visitar cuentas verificadas, contrastar fuentes y consumir contenidos con criterios de credibilidad contribuye a entrenar el algoritmo para que nos entregue información más confiable. Cada clic es un voto que define qué discursos se amplifican y cuáles se pierden en la saturación digital. Por eso, la responsabilidad informativa recae también en los receptores, quienes hoy tenemos el poder y el deber de decidir qué contenidos legitimamos y cuáles no; así como de interactuar de manera responsable para evitar la viralización de publicaciones que pueden generar daños colaterales.

* Docente Universidad Católica de Pereira

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